sábado, 13 de abril de 2013

<!--[if gte mso 9]> Daniel Daniel 6 49 2013-04-13T07:48:00Z 2013-04-13T08:37:00Z 2 909 5004 Daniel NNB 41 11 5902 12.00 <![endif]
Alguien señaló recientemente el estilo literario, o tal vez prosódico, del Presidente Rómulo Betancourt. Denunció que usaba demasiadas palabras esdrújulas. Considero esta aguda observación  de la máxima importancia.
Surge de inmediato una interrogante: ¿Se esconde siempre detrás del uso excesivo de esdrújulas un adeco o, mejor aún, un betancurista? Como el ADN de las investigaciones forenses, tal vez sea posible desarrollar un método certero -con recolección de muestras y base de datos- para identificar posibles herejes políticos.
Pero confieso que hay dificultades. Revisando frases famosas de -o atribuidas a- Don Rómulo encontré estas:
Las multisápidas hallacas
Conciudadanos, los mangos no están bajitos
Los sicofantes del hamponato y la falencia
Que se me quemen las manos si he robado un centavo del Tesoro Nacional
La doctrina comunista es obsoleta y periclitada
La violencia es el arma de los que no tienen la razón
He ordenado a las autoridades disparar primero y averiguar después
En tan famosas locuciones no abundan las palabras esdrújulas. Apenas una en la primera. Pero hay otra posibilidad: Que los ejemplos sean una vulgar desviación estadística del auténtico patrón lexicográfico proferido por el legendario anfitrión de Fidel Castro y John F. Kennedy. Los expertos tienen la palabra.
El tema obliga a subrayar el último verso del siguiente poema escrito por Fernando Pessoa (el más grande poeta portugués –aunque alguien dijo “más grande del mundo”- en el siglo XX) y asignado a la pluma de su heterónimo Álvaro de Campos:
Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor
si no fuesen ridículas.
También en mi tiempo yo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.

Las cartas de amor, si es que hay amor,
tienen que ser
ridículas.

Pero, al fin,
sólo las criaturas que nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
ridículas.

Ojalá volviera al tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.

La verdad es que hoy
son mis recuerdos
de esas cartas de amor
los que son
ridículos.

(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.)

Dependiendo del contexto las palabras esdrújulas pueden ser muy elegantes. He aquí la letra inicial de una delicada canción recogida por Pedro Emilio Sojo, interpretada inigualablemente por Carlos Enrique Reyna en un inconseguible LP del año 58 titulado 'Serenata' (si alguien lo tuviera, ruego me conceda la gracia de copiarlo), y posteriormente incluida en el repertorio del Orfeón de la Facultad de Ciencias:
En noche lóbrega,
galán incógnito,
las calles céntricas
atravesó
y bajo artística
ventana gótica
pulsó su cítara
y así cantó:
Virgen purísima
de faz angélical
que en blancas sábanas
durmiendo estás,
despierta y óyeme
y entre mis cánticos
suspiros prófugos
escucharás.

Ver también las numerosas variantes burlescas desconsideradamente colgadas en la Web.
En el universo proparoxítono destaca la siguiente fábula de Iriarte, plusmarquista con 53 esdrújulas, y sin duda popular entre zoólogos, naturópatas y botánicos:
Ello es que hay animales muy científicos                     
en curarse con varios específicos
y en conservar su construcción orgánica,
como hábiles que son en la Botánica;
pues conocen las hierbas diuréticas,
catárticas, narcóticas, eméticas,
febrífugas, estípticas, prolíficas,
cefálicas también y sudoríficas.

En esto era gran práctico y teórico  
un gato, pedantísimo retórico,
que hablaba en un estilo tan enfático
como el más estirado catedrático.
Yendo a caza de plantas salutíferas,
dijo a un lagarto: «¡Qué ansias tan mortíferas!  
Quiero, por mis turgencias semi-hidrópicas,
chupar el zumo de hojas heliotrópicas».

Atónito el lagarto con lo exótico
de todo aquel preámbulo estrambótico,
no entendió más la frase macarrónica
que si le hablasen lengua babilónica;
pero notó que el charlatán ridículo
de hojas de girasol llenó el ventrículo,
y le dijo: «Ya, en fin, señor hidrópico,
he entendido lo que es zumo heliotrópico».

¡Y no es bueno que un grillo, oyendo el diálogo,
aunque se fue en ayunas del catálogo
de términos tan raros y magníficos,
hizo del gato elogios honoríficos!
Sí; que hay quien tiene la hinchazón por mérito,
y el hablar liso y llano por demérito.

Mas ya que esos amantes de hiperbólicas   
cláusulas y metáforas diabólicas,
de retumbantes voces el depósito
apuran, aunque salga un despropósito,
caiga sobre su estilo problemático
este apólogo esdrújulo-enigmático.

Aún más grave en gramático-política es el asunto de las palabras sobreesdrújulas, incluida por cierto una candidata a más larga del idioma y hoy connotado paraguayismo: anticonstitucionalísimamente. ¡Dennos luces los expertos!
Existe el poemario Esdrujúlea (1605) de Bartolomé Cairasco de Figueroa, elogiado como padre del verso esdrújulo castellano, o padrastro isleño del sdruccioli italiano. Nuestros mejores eruditos en Betancourt, los más dotados de sensibilidad a la prosodia, deben ampliar sus aportes al tema y ubicar al Canis Mesomelas Guatirensis en un nicho literario-político de parecida índole por su originalidad lexicográfica.
Podríamos solicitar a la Academia de la Lengua que introduzca en su diccionario el verbo despectivo 'esdrujulear'. Y extremando medidas, hay que considerar la elaboración de un diccionario que omita las esdrújulas y tal vez exigir, a pesar de evidentes vínculos culteranos, se destierren definitivamente del idioma.
Claro está, los puristas de la RAE se disculparán invocando la memoria de algún poetastro, aficionado a esdrújulas, como aquellos Luis de Góngora y Argote o Francisco de Quevedo.
A la final, los sesudos ensayos que sobre el tema encontré en la Web me hacen exclamar:
Adequísimo léxico admírame.
Horrorízame estrépito gramático.
Escrúpulos históricos
guanabánica policambúrica
cuártica república indúceme.
Brillantísima crítica corrobórame
ilustrísima académica protégenos.

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