Alguien señaló recientemente
el estilo literario, o tal vez prosódico, del Presidente Rómulo Betancourt. Denunció
que usaba demasiadas palabras esdrújulas. Considero esta aguda observación de la máxima importancia.
Surge de inmediato
una interrogante: ¿Se esconde siempre detrás del uso excesivo de esdrújulas un
adeco o, mejor aún, un betancurista? Como el ADN de
las investigaciones forenses, tal vez sea posible desarrollar un método certero
-con recolección de muestras y base de datos- para identificar posibles herejes
políticos.
Pero confieso que hay
dificultades. Revisando frases famosas de -o atribuidas a- Don Rómulo encontré
estas:
Las multisápidas
hallacas
Conciudadanos, los mangos no
están bajitos
Los sicofantes del hamponato y la falencia
Que se me quemen las manos
si he robado un centavo del Tesoro Nacional
La doctrina comunista es
obsoleta y periclitada
La violencia es el arma de
los que no tienen la razón
He ordenado a las
autoridades disparar primero y averiguar después
En tan famosas
locuciones no abundan las palabras esdrújulas. Apenas una en la primera. Pero
hay otra posibilidad: Que los ejemplos sean una vulgar desviación estadística
del auténtico patrón lexicográfico proferido por el legendario anfitrión de
Fidel Castro y John F. Kennedy. Los expertos tienen la palabra.
El tema obliga a
subrayar el último verso del siguiente poema escrito por Fernando Pessoa (el
más grande poeta portugués –aunque alguien dijo “más grande del mundo”- en el
siglo XX) y asignado a la pluma de su heterónimo Álvaro de Campos:
Todas
las cartas de amor son
ridículas.
No
serían cartas de amor
si no fuesen
ridículas.
También
en mi tiempo yo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
Las
cartas de amor, si es que hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero,
al fin,
sólo las criaturas que
nunca escribieron
cartas de amor
son las que son
ridículas.
Ojalá
volviera al tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.
La
verdad es que hoy
son mis recuerdos
de esas cartas de
amor
los que son
ridículos.
(Todas
las palabras esdrújulas,
como los sentimientos
esdrújulos,
son naturalmente
ridículas.)
Dependiendo del
contexto las palabras esdrújulas pueden ser muy elegantes. He aquí la letra
inicial de una delicada canción recogida por Pedro Emilio Sojo, interpretada
inigualablemente por Carlos Enrique Reyna en un inconseguible LP del año 58 titulado 'Serenata' (si alguien lo tuviera,
ruego me conceda la gracia de copiarlo), y posteriormente incluida en el
repertorio del Orfeón de la Facultad de Ciencias:
En
noche lóbrega,
galán incógnito,
las calles céntricas
atravesó
y bajo artística
ventana gótica
pulsó su cítara
y así cantó:
Virgen
purísima
de faz angélical
que en blancas sábanas
durmiendo estás,
despierta y óyeme
y entre mis cánticos
suspiros prófugos
escucharás.
Ver también las
numerosas variantes burlescas desconsideradamente colgadas en la Web.
En el universo
proparoxítono destaca la siguiente fábula de Iriarte, plusmarquista con 53
esdrújulas, y sin duda popular entre zoólogos, naturópatas
y botánicos:
Ello
es que hay animales muy científicos
en curarse con varios específicos
y en conservar su construcción orgánica,
como hábiles que son en la Botánica;
pues conocen las hierbas diuréticas,
catárticas, narcóticas, eméticas,
febrífugas, estípticas, prolíficas,
cefálicas también y sudoríficas.
En
esto era gran práctico y teórico
un gato, pedantísimo retórico,
que hablaba en un estilo tan enfático
como el más estirado catedrático.
Yendo
a caza de plantas salutíferas,
dijo a un lagarto: «¡Qué ansias tan mortíferas!
Quiero,
por mis turgencias semi-hidrópicas,
chupar el zumo de hojas heliotrópicas».
Atónito
el lagarto con lo exótico
de todo aquel preámbulo estrambótico,
no entendió más la frase macarrónica
que si le hablasen lengua babilónica;
pero notó que el charlatán ridículo
de hojas de girasol llenó el ventrículo,
y le dijo: «Ya, en fin, señor hidrópico,
he entendido lo que es zumo heliotrópico».
¡Y no es bueno que un grillo, oyendo el
diálogo,
aunque se fue en ayunas del
catálogo
de términos tan raros y magníficos,
hizo del gato elogios honoríficos!
Sí;
que hay quien tiene la hinchazón por mérito,
y el hablar liso y llano por demérito.
Mas ya que esos amantes de hiperbólicas
cláusulas y metáforas diabólicas,
de retumbantes voces el depósito
apuran, aunque salga un
despropósito,
caiga sobre su estilo
problemático
este apólogo esdrújulo-enigmático.
Aún más grave en
gramático-política es el asunto de las palabras sobreesdrújulas, incluida por
cierto una candidata a más larga del idioma y hoy connotado paraguayismo: anticonstitucionalísimamente. ¡Dennos luces los expertos!
Existe el poemario Esdrujúlea (1605)
de Bartolomé Cairasco de Figueroa, elogiado como
padre del verso esdrújulo castellano, o padrastro isleño del sdruccioli
italiano. Nuestros mejores eruditos en Betancourt, los más dotados de
sensibilidad a la prosodia, deben ampliar sus aportes al tema y ubicar al Canis Mesomelas Guatirensis en un nicho literario-político de parecida
índole por su originalidad lexicográfica.
Podríamos solicitar a
la Academia de la Lengua que introduzca en su diccionario el verbo despectivo 'esdrujulear'. Y extremando medidas, hay que considerar la
elaboración de un diccionario que omita las esdrújulas y tal vez exigir, a
pesar de evidentes vínculos culteranos, se destierren definitivamente del
idioma.
Claro está, los
puristas de la RAE se disculparán invocando la memoria de algún poetastro, aficionado
a esdrújulas, como aquellos Luis de Góngora y Argote o Francisco de Quevedo.
A la final, los
sesudos ensayos que sobre el tema encontré en la Web me hacen exclamar:
Adequísimo léxico admírame.
Horrorízame estrépito gramático.
Escrúpulos históricos
guanabánica policambúrica
cuártica república indúceme.
Brillantísima crítica corrobórame
ilustrísima académica protégenos.
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